Nunca la conocí, nunca la tuve, nunca la olvidaré. Me deja un hueco en el corazón y un nudo en el estómago.
El ácido amargor de la infelicidad ha ocupado mi alma desde mi adolescencia. Carente de objetivos e ilusiones, mis miedos e inseguridades lastraron cualquier pequeña iniciativa académica o personal. Y cuando por fin me decido a mostrar interés por una persona muy especial e incluso muestro una cierta perseverancia, ocurre lo inevitable, cometo errores que debería haber cometido hace veinte años. La actividad es el único camino que lleva al conocimiento, espero no haberlo descubierto tarde. Pasé el tiempo buscando la vida en los libros, lecturas compulsivas y heterogéneas, pero nunca la encontré, así que habrá que salir a buscarla.
Personalmente no tengo ningún reproche que hacerle y élla sabe que puede contar con mi cariño y amistad siempre que los necesite , así que desde esta humilde tribuna desmiento cualquier maledicencia que se me atribuya por el club de “no se lo cuentes a nadie (que ya lo cuento yo)”.
“Memorias de un sufridor” pretende ser un dietario más o menos fidedigno de lo que me vaya aconteciendo en esta nueva etapa, aunque no descarto novelar haciendo mías anécdotas ajenas, enmascarando, distorsionando o exagerando las propias, siempre con ánimo de entretener al personal que se tome la molestia de dejarse caer por aquí. También recomendaré o denostaré libros, películas o discos pasados, presentes o futuros, y quiero comenzar recomendando el capitulo nº 11 de esta cuarta temporada de HOUSE (sí, el de la Antártida), que probablemente por visionarlo en este momento tan especial me pareció “obra maestra”, como diría el entrañable Carlos Pumares.
En fin, buenas noches y… buenas noches.
Pdt: Se recomienda escuchar , acompañando a la lectura, “Suzanna” de la Hermes House Band y “El amor duele” de Lilith.
