martes, 6 de mayo de 2008

DULCE COMO UN BLUES AMARGO

Dice la canción que el cielo te llama y una bala te queda. Me parece una expresión muy apropiada para un final de gran película, algo así como el desgarrador final de Centauros del desierto. He de reconocer que durante muchos años la consideré una obra maestra de manera irracional, simplemente me producía esa sensación de haber disfrutado de un pedazo de vida, pero sin saber por qué. Años más tarde comprendí que el personaje que interpretaba mi idolatrado John Wayne, con toda su dureza y determinación, no era más que el gran perdedor de la historia. Alguien que no tiene nada que perder porque ya lo perdió todo al renunciar al amor de su vida, y que vive en la espiral violenta de la supervivencia. Y aunque, aparentemente, consigue el objetivo que se ha marcado de rescatar a su sobrina, al final nos deja ver la triste soledad que le acompaña, en el maravilloso último plano, alejándose del quicio de la puerta, lentamente, a contraluz. Nunca nadie ha dicho tanto con tan poco.

Siempre he sentido debilidad por la estética del perdedor…, supongo que es más fácil solidarizarte con alguien que consideras más desgraciado que tú o incluso inferior, pero creo que en mi caso no es eso, simplemente es una especie de sentimiento poético. Encuentro belleza en los gestos de sacrificio, de discreción, de respeto a unos valores, de dar un paso atrás en el momento oportuno para no molestar…, no sé si es genético o adquirido pero soy así.

En suma, que siempre he sentido fascinación por aquellos que anteponen la felicidad ajena a la propia, yo no sé si sería capaz llegado el caso. Supongo que el instinto más primario que nos acompaña desde nuestro nacimiento (no, no es el de tirarse todo lo que se mueva), el de supervivencia, nos empuja a ser egoístas en esos casos (sobre todo cuando crees que sólo “una bala te queda”) y las vísceras pueden con el cerebro.

Por eso defiendo desde aquí la combinación de una cerveza bien fría, un caballito de tequila reposado, y la compañía de un amigo (se dice de aquél que adivina siempre cuando se le necesita) que no nos deje caer en la excesiva autocompasión. Por eso no hay nada tan dulce como un blues amargo.

Posdata: Dedicado a mi hermano y a su balón de baloncesto, a la oportuna llamada de Miguel, a las cervezas con Pedrito, y como no, a Toñín. Gracias por estar siempre ahí.

Canciones recomendadas:-“No hay” de los Ratones Paranoicos.

- “John Wayne” de Los Enemigos.

- “Tan solo” de Los Piojos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No recuerdo bien la película, cómo no, pero los tipos duros siempre me han parecido gente que no han sabido nunca dar un paso atrás o simplemente a un lado y rehacer aquello a lo que más difícil les es enfrentarse.
Por ejemplo, de pequeño siempre piensas que tu padre puede con todo, que si tienes un problema él lo resolverá, que se puede enfrentar a cualquier cosa.
Al tiempo, cuando eres un adolescente y ves situaciones en que por prudencia o respeto por otros se resigna o cede en situaciones empiezas a dudar.
Cuando tienes 2 dedos de frente es cuando verdaderamente valoras esa valentía que supone ceder la derrota cuando significa no poner en riesgo a los tuyos o respetar la libertad de los demás.
Creo que los tipos duros no son tanto si no saben perder cuando toca.