Dice un viejo axioma que el hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios. Probablemente esto sea cierto y todos hayamos dicho cosas de las que luego nos hemos arrepentido. Pero en ese momento nos hemos dejado llevar por la visceralidad de la situación y no hemos calculado la repercusión de nuestros actos. Evidentemente es una situación que debería procurar evitarse y que en ciertas personas se da más que en otras, pero por otra parte ciertas dosis de franqueza y sinceridad son eternamente agradecidas, a pesar de que en un primer momento puedan ser dolorosas y quizás mal interpretadas. Ahí viene la gran duda, ¿debemos ser francos con nuestros seres queridos a pesar de que en un primer momento puedan tomárselo a mal o tomar una distancia acrítica y dejar que ejerzan su libre albedrío?
Dicen los viejos del lugar que nadie escarmienta en cabeza ajena y que sabe más el diablo por viejo que por diablo. Soy un eterno defensor de la responsabilidad individual (como buen liberal) y por lo tanto de que todos debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos (la sociedad no es la culpable). No hay excusas sino sabemos leer los consejos de nuestros mayores o las advertencias de aquellos que nos quieren bien.
Viene esto a cuento de que hay ciertas reglas de convivencia, que aunque los tiempos que corren nos pongan fácil el no respetarlas deberíamos reflexionar antes de violentarlas. En la vida se adquieren compromisos que conciernen a más de una persona, ¿es lícito romperlos por mero egoísmo personal?, ¿hay que anteponer la que suponemos felicidad propia a aquello que nos ata por nuestra palabra o dignidad?
Si hay algo que valoro en esta vida es la coherencia y por lo tanto me veo incapaz de dogmatizar al respecto. Respeto a quien se muestra coherente con sus actos y opiniones aunque no las comparta, pero no soporto a aquel que solo actúa en esta vida por propia conveniencia. Es ese difícil equilibrio entre nuestros deseos, nuestras lealtades heredadas o adquiridas, nuestros compromisos, nuestras responsabilidades los que marcan nuestra trayectoria en este valle de sonrisas y lágrimas.
Aunque deseemos lo contrario, en el fondo… ninguno somos libres. ¿Afortunada o desafortunadamente?
Canción recomendada:
“None of us are free” de Solomon Burke.
